No todo es la macro, Macri… También es la política

Cristina Kirchner había descubierto que todo el secreto de la economía era poner dinero en los bolsillos de la gente para asegurar el consumo (y de paso los votos). Por arte de magia, una mano invisible iba a empujar a los empresarios a que invirtieran sin parar, iba a mejorar la productividad, aumentar el empleo y las empresas iban a traer los dólares porque ella les garantizaba consumo y rentabilidad.

Y lo decía con todas las letras, de ese modo, en el atril. Ustedes inviertan, yo les aseguro el consumo con el modelo: la redistribución del ingreso y ampliación de derechos.

No importaba que aumentara el gasto público, la emisión o la inflación. Ni que el régimen se robara todo. Ni que las obras no se terminaran. Ni que los trenes chocaran. Ni que aumentara la pobreza. Ni que hubiera que tapar todo con planes sociales y con prensa amiga. Ni que los testaferros llenaran bolsos, valijas y aviones dirigidos a pagar cometas y lavar dinero, adentro y afuera.

Pan y circo. Dinero en el bolsillo y futbol para todos.

El modelo de inclusión social, redistribución del ingreso y matriz diversificada estaba condenado al éxito. Más dinero para el pueblo, más consumo, más inversión y sanseacabó. Crecimiento a tasas chinas para siempre. Cuando fallaba era porque “se nos cayó el mundo encima”. O por culpa de la prensa, los militares, los sindicatos, los empresarios, los formadores de precios, los especuladores, los banqueros, las cuevas… ah no, esos son de los nuestros.

Había que tener una mente muy colonizada por el imperio, ser muy gorila o tener oscuros intereses para no entender esa verdad tan simple que hasta un niño podía comprender y que Néstor y Cristina le enseñaron a su pueblo. Mientras recaudaban a lo bestia.

Las nociones de economía no importaban, eran meras construcciones conservadoras. Cipayismo. Solo importaba la política, el líder, su relación con el pueblo. Populismo puro.

El problema fue la realidad. La inflación creció hasta el 700%, la devaluación 260%, se fugaron 30 mil millones de dólares y el populismo se desmadró: la pobreza trepó al 29%, 18 millones de planes sociales, déficit energético, importación de combustibles por 13.000 millones de dólares, cortes de luz y de gas, cepo cambiario, trabas a las importaciones y exportaciones y default.

La economía se estancó, el dólar se atrasó, los costos escalaron, la competitividad cayó y comenzaron suspensiones y despidos, aunque siempre disimulados por los aprietes a empresarios, al estilo Moreno.

El desajuste implosionó pero ahora la culpa era de la gente, que quería cambiar por Macri. El Plan Bomba. Llegó el cartonero.

El péndulo se fue al otro extremo. Para revertir tanto desequilibrio montado por ineptos y fanáticos, Mauricio Macri apuesta todo a resolver la macroeconomía: bajar el déficit, la inflación y a esperar las inversiones y la obra pública. Sigue a rajatabla su receta. Eliminó el cepo, devaluó, cortó el gasto, subió tarifas, bajó impuestos y retenciones, frenó la emisión y salió del default. Y la verdad lo hizo muy bien.

El efecto del ajuste era esperable: la inflación se dispara, las tarifas angustian, la nafta, los colegios, las prepagas, el supermercado, todo aumenta, y las empresas despiden pero ya no está la mano dura de Moreno.

El sinceramiento era necesario, pero sin anestesia duele y mucho. Problema de los populistas. Otra mano invisible se ocupará de arreglar las cosas en el segundo semestre. La que generará riqueza y solita la redistribuirá. La política es veneno, contamina a los idóneos, sólo importa la gestión, el profesionalismo técnico y afuera los políticos.

El pensamiento mágico no es solo del populismo estatista. Entre el populismo y el mercado debe mediar la política, esa anestesia que sirve para las cirugías más importantes, sin que el paciente muera por exceso de dolor.

Esa que hace que los ajustes sean más llevaderos y preparan a la sociedad para un nuevo tiempo. Esa que sirve de puente entre el sufrimiento y la prosperidad. Eso que hace un padre de familia cuando debe privar a sus hijos de costumbres caras y a cambio le regala cosas más económicas.

Esa que, mientras esperamos la bonanza, puede apelar a la mística. Una agenda social con foco en recuperar los recursos humanos, a los que menos tienen, con trabajos intensivos, breves y movilizadores detrás de una ilusión tangible.

Un plan de trabajo-formación que integre empresas, sindicatos, Iglesia, ONGs y organizaciones sociales con municipios, provincias y Nacion para recuperar parques, desiertos, barrios, hospitales, escuelas, veredas, clubes, canchas de fútbol, polideportivos. Con cuadrillas organizadas por barrios, en todos los rubros del mercado, con financiamiento internacional y con una mesa de diálogo entre todos los sectores. ¿Por qué no? Eso es política. No todo es la macro, Macri. Es la política…

La tecnocracia debe hacer su trabajo. Y está muy bien. La política el suyo. Es lo que amiga al líder y a su pueblo. Es el motor de arranque de un sueño. Si sólo se busca generar expectativas con anuncios de obras e inversiones, que necesariamente requerirán tiempo, hay un riesgo grande. No enamoran los anuncios: hay experiencia reciente de atriles, cadenas nacionales, autocelebraciones, que nunca se cumplieron. Tal vez ahora sea diferente pero faltan meses para comprobarlo. ¿Mientras tanto? El movimiento se demuestra andando. El puente entre el ajuste y el gran país que soñamos requiere de otra agenda y de nuevas herramientas. Es la política.

 

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