GOLPE O AUTOGOLPE: LA GRIETA EN AMERICA LATINA LLEGÓ AL ABSURDO, DE DONDE NO SE VUELVE

Por Mariano Obarrio

La grieta ideológica en América latina llegó al absurdo. La derecha y la izquierda tienen un enfrentamiento irreconciliable. Evo Morales hizo fraude electoral según la OEA, generó caos social en Bolivia, y renunció por sugerencia de un jefe militar. La violencia se agravó y nadie lo sucedió en el poder hasta dos días después. La izquierda denunció golpe de Estado. Con su renuncia, Morales llevó a su país a una escalada de odios y vacío de poder.

Entre tanto, Sebastián Piñera aumentó en Chile el boleto de transporte y una revolución de comunistas y anarquistas exigió su renuncia y desató caos, violencia y muerte. Para la izquierda, eso fue una reivindicación democrática de los derechos de los pobres, frente a un gobierno de derecha autoritario. Piñera no renunció: intenta restablecer el orden contra la rebelión de la izquierda en un caos que ya generó 22 muertos.

En Bolivia la autoproclamada Jeanine Añez ahora amenaza a los periodistas extranjeros de acusarlos por sedición por el “delito de opinión”. Sus partidarios intolerantes agreden a enviados especiales y les exigen que se “vuelvan a su país”. La izquierda y la derecha bolivianas le prometen el infierno a quienes se les opongan. Añez lo hace blandiendo la Biblia en su mano derecha.

Sin las sagradas escrituras, pero en nombre de sus dioses indigenistas, los activistas del MAS, partidarios de Evo, siguen haciendo estragos en las calles. Y Evo llama a seguir con la lucha “hasta la muerte”. Morales se redujo a una caricatura de lo que fue: de aquel líder aymara que enarbolaba la bandera de los pueblos originarios, con sus justos reclamos, quedó un activista del populismo bolivariano con justificaciones socialistas. Un ideólogo del neomarxismo populista. La Biblia y el calefón.

Evo es el gran responsable del caos. Su obligación como presidente era, como lo hizo Piñera, seguir al comando del poder y utilizar la política y los mecanismos institucionales para restablecer el orden público en las calles. Su deber era terminar su mandato en paz y no agitar el desmadre. Pero hizo todo lo contrario.

Desgraciado destino de los populismos de izquierda y de derecha que desangran las venas abiertas de América latina. El derechista Alejandro Toledo era al asumir la presidencia de Perú en 2000 la reencarnación viva del Pachacutec y de la Pachamama. Tomó el poder en el Machu Pichu embanderado en sus ropajes incaicos y terminó exiliado y perseguido penalmente por el caso Odebrecht. Ahora está preso en California a la espera de su extradición e indagatoria judicial.

La progresista Cristina Kirchner, llamada a ser la nueva Eva Perón de la Argentina en 2007, regresará al poder como vicepresidenta en diciembre, pero con pedido de prisión preventiva en siete causas por corrupción y acusada de encubrir el atentado a la AMIA. El izquierdista Luiz Inacio Lula Da Silva salió de prisión la semana última en medio de la algarabía del Grupo de Puebla, pero sigue investigado y procesado por la justicia de Brasil en ocho causas penales por corrupción en el marco del Lava Jato. La distribución del ingreso privilegió a los hombres y mujeres del poder en los extremismos regionales. Con bolsos y cajas de seguridad llenas de dólares, intentan pasar por perseguidos políticos.

En el plano político, es cierto, Evo convocó a nuevas elecciones como lo reclamó la OEA. Pero debió ir aún más allá y autoexcluirse de la competencia. Su figura era, claramente, la piedra de la discordia y su postulación era en si misma fraudulenta. Un referéndum le había bloqueado esa cuarta reelección –abiertamente inconstitucional- y sólo el Tribunal Electoral lo había “habilitado”. No podía volver a presentarse.

¿Después de la comprobación de fraude de la OEA, quién garantizaría que no volvería a haber fraude en Bolivia con Evo-candidato? Era lógico que la crispación escalaría. A menos que diera un paso al costado desde el principio. Y no lo hizo ni le puso fecha a las nuevas elecciones. Esa omisión complicó los ánimos y avivó el incendio.

En el plano institucional, Morales debió tomar medidas de gobierno para ordenar a las fuerzas de seguridad y fuerzas armadas a restablecer el orden bajo pena de ser denunciadas por desacato o insubordinación. Y no cumplió con su responsabilidad principal como presidente: restablecer el orden público. Y dejó su país librado a una guerra en las calles sin autoridades que pudiera encauzar el enfrentamiento y la violencia. Nunca exhortó a sus partidarios a cesar en sus destrozos.

Si un militar, o un grupo, lo forzaron a renunciar con un revolver en la cabeza, es evidente que existió el golpe de Estado. Pero si Morales tenía margen político para resistir y condenar a los militares o policías sediciosos, entonces su renuncia equivale a un “autogolpe”. ¿No existían jueces que pudieran ordenar la cadena de mandos y la subordinación de las fuerzas de seguridad?¿No funcionaba ningún resorte institucional?

La justicia boliviana o un tribunal internacional debería esclarecer el caso. Por ahora no está nada claro porque falta información de los entretelones de la decisión de Evo. El secretario general de la OEA, Luis Almagro, dijo que el único golpe de Estado fue el fraude electoral de Morales. Por ahora es el único organismo internacional, con representación de todos los países americanos, que se pronunció.

Para determinar la culpabilidad de un delito contra la democracia, como un golpe de Estado, habría que descubrir a quien benefició y a quien perjudicó. Unos dicen que Morales es la víctima. Otros sostienen que pudo haber evitado una segura derrota en las urnas en una segunda elección, luego del fraude, y eso lo favorece. Y que ahora, de ese modo, luce como la víctima de un golpe y despierta la solidaridad de todos los gobiernos y líderes populares selectivamente solidarios. Es un exiliado político y no un responsable de un fraude electoral.

Ninguno de esos líderes populares y democráticos se solidarizó con Piñera, que también fue conminado a renunciar por marchas masivas acicateadas por la izquierda global. Los golpes de Estado, para la izquierda, lo son según quién los haga.

También señalan los detractores de Evo que los líderes de izquierda del Grupo de Puebla tendrán a mano un caballito de batalla: el reclamo irrenunciable y sistemático en foros internacionales contra el golpe de Estado en Bolivia. Buscarán que pase al olvido el hecho de que antes hubo un fraude electoral del populismo descubierto por la OEA. La victimización de Morales lo legitimaría políticamente pese a sus desvaríos.  

Por contrapartida, es posible que cualquier gobierno surgido de elecciones libres quede deslegitimado si no es del MAS, el partido de Morales. De hecho, la sucesora autoproclamada Añez ya está desgastada pese a que llamó a elecciones apenas asumió y en Bolivia el vacío de poder tiene consecuencias imprevisibles. Desde su exilio Morales convoca a seguir la lucha y a dar la vida por su causa. Y así continúa con su cadena de irresponsabilidades. Y Añez también desnuda sus rasgos autoritarios al amenazar a los periodistas de sedición informativa. La grieta ideológica en América latina llegó al absurdo, de donde no se vuelve.

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