LA DERROTA FUE “DIGNA”, PERO OBLIGA A REVISAR SEVEROS ERRORES Y A HACER UNA FUERTE AUTOCRITICA

MACRI NO RESOLVIÓ URGENCIAS ECONOMICAS DE SECTORES MEDIOS QUE LO VOTARON PARA DESTERRAR PARA SIEMPRE AL POPULISMO; ADEMAS NO HIZO LAS ALIANZAS PARA GENERAR GOBERNABILIDAD Y UNA MAYORIA GANADORA

Por Mariano Obarrio

La derrota fue “digna”, pero requiere autocrítica para revisar severos errores en la gestión y en la política. El presidente Mauricio Macri, por mala praxis, no pudo resolver el problema económico de los sectores medios que lo votaron para desterrar para siempre el populismo. Además, incurrió en mala praxis política: no buscó a tiempo alianzas con algún peronismo “amigable” que le garantizara gobernabilidad y una mayoría ganadora. En cambio, buscó seducir a sectores “progres” que nunca lo iban a votar, y así expulsó a sus votantes duros del “centro” del espectro ideológico.

Contra eso no hubo alquimias salvadoras. La mística de la fiscalización, las caravanas del “Sí, se puede”, y los llamados a votar a los haraganes que no habían ido a las PASO nunca podían alcanzar. La derrota obedeció a dos factores irremontables:

1-La inflación, la crisis, los despidos, los tarifazos y la presión tributaria generaron una mayoría que quería desalojar a Macri del poder. Y que encontró en el peronismo la mejor herramienta para lograrlo. Así como en 2015 Macri ganó porque los sectores medios votaron “contra Cristina”, ayer Alberto Fernández ganó porque se votó “contra Macri”.

2-En 2015 el peronismo estaba dividido, pero hoy está unido. Daniel Scioli obtuvo hace cuatro años 37,1% en la primera vuelta y Sergio Massa 21,4%. Macri, el 34,1. Con un mayoritario voto “prestado” de Massa, Macri ganó el ballotage por 51 a 49. Pero ayer, el votante mayoritario de Massa apoyó a Fernández y un 6% se quedó con Roberto Lavagna. Se entiende: Massa había regresado a la boleta del peronismo.

Mala gestión económica y mala praxis política. La crisis económica por un lado y la falta de alianzas por el otro condujeron a Macri a la inevitable derrota. Hay que admitir que la mística de las marchas del “Sí se puede” fue muy meritoria: le dio 40 puntos, 8 más que en las PASO. Fue su casi techo de 2017, cuando obtuvo 41. Pero no se podía perforar ese techo –técnicamente imposible- sin aliados peronistas y sin gestión de la economía. Macri y Marcos Peña lo reconocieron cuando “al final del día” incorporaron a Miguel Pichetto a la fórmula presidencial. Y cuando apuraron medidas de recuperación del consumo. Pero fue poco, tarde y mal.

La economía y la política fueron dos problemas de fondo que no podían resolver ni los fiscales ni la mayor presencia en las urnas. Allá por 2016, desde la marcha del 1-A entre el Obelisco y la Plaza de Mayo, Macri confió en que el peronismo “no vuelve más”. Y se terminó convenciendo. Pero hizo lo necesario para retornarlo al poder. El responsable detrás del trono fue Jaime Duran Barba.

Jaime Duran Barba

La estrategia de la polarización contra Cristina Kirchner fue definitivamente errónea. Le marcó a la sociedad quién era la figura por la cual tenía que votar para expresar el “castigo” contra Macri. El propio Presidente convirtió a Cristina en su principal opositora. Le hizo campaña. Ella estaba en retirada y acusada en decenas de casos de corrupción. Pero la resucitó. Mientras el Gobierno hablaba de ella, Cristina callaba y acumulaba sin hablar. Será ahora una de las dos patas del nuevo gobierno. Alberto y Ella.

Incluso, la idea de agigantar el fantasma de su regreso, le repercutió negativamente en la economía, con mercados nerviosos por la vuelta del populismo y con una persistente suba del riesgo país y del dólar. Mal negocio político y económico.

Macri también desaprovechó la oportunidad de retirarse, preservarse como arquitecto de la alianza, y ceder su candidatura presidencial a María Eugenia Vidal. O al menos de desdoblar la elección de la provincia de Buenos Aires para que ella pudiera pelear en mejores condiciones la provincia y así preparar un terreno para las presidenciales. Como Alfredo Cornejo o Gerardo Morales lo hicieron en sus provincias, Mendoza o Jujuy. Obligó a Vidal a jugar en el peor terreno.

Desde antes de asumir, el Presidente se traicionó a sí mismo y mantuvo el modelo K, pero más “emprolijado”. Nunca dio la batalla del gasto público, origen la crisis económica, financiera y cambiaria. Supuso por consejo de Marcos Peña y Duran Barba que el déficit fiscal se iba a licuar con la lluvia de inversiones de los primeros dos años. Y en el mientras tanto, había margen para resolver el rojo fiscal con más deuda hasta que los nuevos capitales le dieran el crecimiento económico y las exportaciones que le garantizaría mayores ingresos para cubrir el déficit. Carlos Melconián tenía la receta contraria: había que bajar el gasto. Pero el economista ortodoxo tuvo una corta vida en el Banco Nación.

El gobierno de Macri decidió no mostrar la herencia recibida y sólo tardíamente exhibió un informe “El Estado del Estado” que no tuvo la difusión necesaria porque era un mamotreto de cientos de páginas imposible de resumir en un texto asimilable para la gente. Y no pasó de ser una noticia fugaz en los diarios.

No sólo no bajó el gasto Macri, sino que lo incrementó. Más recursos para las jubilaciones, más planes sociales, más obra pública, más ministerios, de 16 a 22, más secretarías de Estado y más nombramientos de funcionarios en todos los niveles, sin reducir las capas geológicas anteriores. A eso se le llamó “gradualismo” fiscal. Había que dar buenas noticias. Incluso, redujo ingresos: bajó impuestos y eliminó retenciones. La única variable de ajuste fue eliminación de subsidios a la energía con la suba abrupta, desprolija y torpe de las tarifas de gas, luz y transportes. Enorme costo político y muy pobre beneficio fiscal. En el aumento de tarifas no existió el “gradualismo”.

Hizo un blanqueo de 117 mil millones de dólares en 2016 cuyos beneficios no se sintieron. La recaudación extra fue de 100 mil millones de pesos, que fueron a parar a mayor gasto previsional. Cuando el desequilibrio fiscal era una bola de nieve, Macri anunció una reducción de 1000 cargos, que antes había creado. También luego debió reducir ministerios de 20 a 10, y debió dar señales de echar a familiares directos de funcionarios. Todas medidas que implicaban un reconocimiento de decisiones erróneas.

Desde el comienzo de su mandato, Macri renunció al control de precios por un prejuicio ideológico. Pese a devaluar el peso un 50% al asumir confió en que los formadores de precios no iban a aumentarlos porque, tal como dicen los manuales, ese fenómeno era sólo una cuestión de oferta y demanda. Los empresarios le fallaron en precios y en inversiones. En 2016 los precios se dispararon. Por las expectativas inflacionarias, los empresarios no dejaron de remarcar “por las dudas”. Y no generaron inversiones por la falta de competitividad, la presión tributaria por el elevado gasto fiscal, los costos laborales, la falta de crédito y las tasas por las nubes.

La promesa de “pobreza cero” se fue desvaneciendo con las sucesivas crisis. Y la de “unir a los argentinos” comenzó a chocar con la necesidad de agigantar la grieta para polarizar contra Cristina Kirchner. La tercera, la lucha contra el narcotráfico, tuvo algunos logros, pero aún queda camino por recorrer. La pobreza creció y la grieta se reabrió. Ambas, fortalecieron al peronismo. El 26 de septiembre de 2016, Macri pidió que se lo juzgara en el futuro por sus resultados frente a la pobreza. Ayer fue el futuro: rindió el examen y resultó desaprobado por 8 puntos.

Macri sólo buscó aplacar la inflación vía enfriamiento de la economía mediante la política de aspirar los pesos con las tasas inalcanzables de las Lebac y las Leliq. Sin consumo, sin actividad económica y sin inversiones, no hubo ingresos. Sólo estancamiento con inflación, endeudamiento y déficit. Sabía en febrero de 2018 que la economía pendía de un hilo y que una suba de la tasa de la Reserva Federal de los Estados Unidos podría generar un vendaval que dejara a la Argentina sin crédito externo y frente a una corrida contra el peso. Apostó a que no sucediera. Pero ocurrió.

Se colocó deuda –U$S 9000 millones- en diciembre de 2017 para cubrir el año por si arreciaba la crisis. Y arreció nomás en abril de 2018. En 2017 Macri estaba convencido de su reelección luego del triunfo de las elecciones de medio término. Obtuvo, igual que ayer, un 41%, pero entonces ganó sólo porque el peronismo estaba dividido en tres: Unidad Ciudadana (los K), Frente Renovador (Sergio Massa) y los peronismos provinciales de los gobernadores. Pero eso no iba a ser para siempre…

Luego de haber sancionado la reforma previsional con un estallido de violencia en el Congreso en diciembre de 2017, sin explicarla previamente con una estrategia comunicacional adecuada, el Presidente dedicó el año 2018 a debatir una ley que supuso iba a distraer a la gente de la inminente crisis, lo iba a posicionar en “el mundo” y en los organismos internacionales, y que iba a generarle simpatías con el arco “progresista” que le pedía Duran Barba. Pero en definitiva esa agenda le abrió una enorme grieta en la sociedad y una fisura en su electorado duro: la legalización del aborto y el avance de la ideología de género.

El Congreso perdió casi todo el año con ese debate estéril. No se habló de otra cosa. No hubo medidas ni reformas de peso. Fue un año perdido. Y Macri terminó salpicado por el enojo de los “celestes” propios y de los “verdes” ajenos que no lograron el objetivo. Un negocio político ruinoso. Al final de la película, por la mala praxis económica se le iban a fugar votos a José Luis Espert y a Roberto Lavagna. Por las torpezas políticas, a Juan José Gómez Centurión. Pocos, pero los perdió. Para peor, la “solución” a la crisis en 2018 fue el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, el único que podía prestarle dinero al país. Y los acuerdos con el FMI no traen votos. El ajuste no se hizo sobre la política sino sobre los impuestos y sobre las retenciones. Es decir sobre la economía real. Más recesión.

Solo cuando Duran Barba le avisó que perdía votos a jirones por la suba de precios y la escalada del dólar, y el regreso de Massa a un peronismo reunificado era cuestión de horas, Macri instrumentó un control de precios y el plan Ahora 12 -remedos del kirchnerismo- para alentar el consumo. Y cuando fue derrotado en las PASO, se decidió bajar impuestos, hacer un plan contra el hambre, mejorar el salario mínimo, fijar controles cambiarios y a “reperfilar” todas las deudas. Aplicó así las sucesivas recetas recomendadas por Roberto Lavagna durante su campaña. Pero ya era tarde. Las matemáticas, la falta de aliados y el bolsillo no perdonan.

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