Macri necesita una mística para pelear contra los fantasmas del peronismo

El Chino Navarro dijo brutalmente lo que todos sabemos: “El kirchnerismo quiere derrotar brutalmente a Macri para que no obtenga su reelección”. En realidad, es más grave: abrazan el deseo íntimo de la profecía autocumplida de un helicóptero que se lleve al Presidente en medio de un caos social.

Imaginan que es la única manera de que vuelva Cristina. Si a Macri le va bien, puede quedarse un mandato más o construir un nuevo movimiento que desplazaría al peronismo.

El abismo político para ellos. Si a Macri le va medianamente bien, puede durar y el peronismo podría alumbrar un candidato no cristinista. El peronismo racional quiere que Macri dure y haga el trabajo sucio del ajuste. Eso es peor. Un peronismo sin cristina sería inaceptable.

Lo mejor para ellos es que Macri se desgaste prematuramente, lo antes posible. Un fracaso de PRO legitimaría la idea de que el peronismo K es inevitable y de que solo el modelo kirchnerista garantiza paz social, inclusión y redistribución del ingreso.

Volvería la fiesta del consumo, la suba del gasto, la emisión y la inflación, con una sociedad obligada a elegir entre el desmadre paulatino con alegría en las calles y el ajuste mal comunicado y sin rumbo. Para mal del Gobierno, el papa Francisco también parece haber sido atrapado por la falsa antinomia y mira el presente con comparaciones odiosas y falsas cuando comenta que estamos en un momento como el 55 tras la Revolución Libertadora.

Macri debe tener presente estos peligros. Las inversiones pueden no llegar en forma de lluvia; las obras públicas pueden demorarse más de lo previsto, y el blanqueo de capitales puede darse modicamente y no tan abundante como prevén en la Casa Rosada. El apoyo internacional, de los grandes países desarrollados, puede no alcanzar. La soja puede ser insuficiente para salir de la recesión. Por eso, Macri debe hacer política.

Lo primero para ello es entender al peronismo (y más el PJ fuera del poder) y tener una política para interactuar con él; poder prevenir sus reacciones. No correr siempre de atrás ni sorprenderse ante cada encerrona. El Presidente debería escuchar antes de cometer los errores y no solo escuchar después de tropezarse. Hay muchos baqueanos en la política que pueden apuntarle los peligros que tiene el camino y por dónde vienen los malones.

El Presidente no tiene un consejo asesor de políticos curtidos y conocedores de las viejas mañas. No estaría demás tenerlo, no implica ninguna vergüenza. No alcanza con el laboratorio de Duran Barba. Gobernar no es ganar una campaña electoral.

El primer mandatario podría aceitar y exhibir mejores escenarios para el diálogo entre sectores: hacerlos participar desde la autoridad que da el ser Presidente y no después de cada fracaso y desde la debilidad del derrotado. Dialogar antes de tomar decisiones es fortaleza y poder. Hacerlo luego de una derrota es debilidad y desgaste. Tenerlo presente.

El primer mandatario debe acelerar las obras públicas paralizadas por falta de pago, que son miles, y mostrar gestión y rapidez. Muchos de sus funcionarios fallan porque no quieren firmar papeles por temor a quedar engrampados en una denuncia. Hay grandes cuellos de botella como Acumar, o algunos municipios, incluso de Cambiemos, que le juegan en contra de la reactivación del empleo.

También, como dijimos en estas columnas, también Macri debe imaginar un plan de obras públicas de trabajo intensivo y de alto impacto social y económico en los barrios. Que no requiera de licitaciones ni grandes contratistas y que estén atados a los planes sociales como la Argentina Trabaja y otros.

Que sean realizables mediante los municipios, las ONGs, los sindicatos y algunas Pymes de los territorios: mejoramiento de plazas, hospitales, salitas, escuelas, polideportivos, calles y veredas. Planes intensivos de limpieza y mejoramiento del hábitat. Gobernar es poner a la gente en movimiento para que el país funcione y no tener todos los días cortes de calles y protestas.

Gobernar es minimizar los riesgos y achicar los márgenes de conflictividad. Es darle una mística y un sentido a los grandes proyectos económicos. No es sólo solucionar problemas sino enamorar con un proyecto de grandeza que se pueda palpar en el barrio. Cambiemos necesita darle épica a su proyecto de cambio para pelear contra los fantasmas del peronismo mientras las inversiones y los dólares lleguen a Ezeiza.

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