Macri debe conducir y no cargarse una mochila solo

La argentina es un país difícil de gobernar. Y más si uno se quiere cargar la mochila solo. La arritmia presidencial puede ser un aviso. El presidente Mauricio Macri debe conducir y eso implica comenzar a delegar el poder y no hacerse cargo solo de los aciertos y los errores de un gobierno. No debe ser la primera fila de choque sino reservarse como última instancia del acuerdo. Conducir no es pretender resolver en soledad todos los problemas de una Nación en permenente crisis.

Tiene motivos para el estrés: las tarifas, la inoperancia política de funcionarios técnicos como Aranguren, las inversiones que demoran más de la cuenta y la falta de gestión de quienes deben reactivar las obras públicas. La inflación, que no cede, y los empresarios en los que creyó y lo defraudaron.

Lo mejor es relajarse y comenzar a tonar las decisiones involucrando a todos los afectados para que los errores sean compartidos y los aciertos sean conjuntos y del que ordena y conduce ese diálogo social, digámosle así.

Miremos el caso de las tarifas. Hubiera sido preferible que antes de todo este conflicto Aranguren llevara diversas propuestas de aumentos a una mesa con la Iglesia, los sindicatos, los empresarios, los usuarios y las asociaciones de defensa del consumidor. La orden de aumentar no se discutía, pero sí se podía poner en consideración el “cómo”. Y si no había acuerdo, entonces sí definía el Presidente. Pero al menos Macri debía darle a la gente una oportunidad de acordar y compartir responsabilidades. Nadie podía después cargarle la romana del error.

Lo mismo podría haber hecho con el blanqueo. En lugar de emitir un proyecto unilateral, podía haber convocado a una mesa política, con partidos, con tributaristas, Iglesia, sindicatos y empresarios, además de jubilados. De nuevo, el ejercicio del diálogo hubiera sido fructífero. Y de él hubiera nacido la iniciativa de pagarle en un hecho histórico los juicios a 300 mil jubilados y mejorarle sustancialmente los haberes a 2,4 millones de jubilados. ¿Quién le iba a discutir ese logro? ¿Se restaba autoridad? No. Se fortalecía y se hacía de una enorme autoridad moral.

No se discutía la decisión del blanqueo, sino el “como”. La decisión era del Presidente. Lo mismo podría hacer con tantos otros temas conflictivos: la reforma judicial, la reforma política y electoral y las reformas tributarias que se vienen y un gran programa de empleo y de inversiones. También con la obra pública y todos los temas conflictivos. No es la democracia participativa. Es simplemente el diálogo entre los sectores, donde los seres humanos se pueden hablar desde otro lugar y comprender sus necesidades.

Esto no es nuevo. Duhalde lo hizo con la Mesa del Diálogo Argentino. De allí salieron políticas legitimadas. Duhalde se fortaleció y no se debilitó con el Diálogo. No es en contra del Presidente, sino a favor. Los errores, si los hubiera, serán compartidos. El acierto será de él, que convoca al diálogo y marca el rumbo general del país. Nadie discute, luego del aumento de subsidios 24 veces desde 2007, que algo había que hacer con las tarifas. ¿Pero eso?

Podría ser más lento el método, es verdad. El diálogo puede demorar dos semanas más todas las decisiones. Pero el tiempo se ahorra en conflictos. Y en no dar siempre marcha atrás en cada decisión mal tomada.

Macri nombró en diciembre dos jueces de la Corte en comisión para acelerar el trámite. Y estamos en junio y todavía el Senado no se los aprobó. Quizás una charla con Pichetto a tiempo hubiera dado un trámite más veloz y en febrero los tenía sentados en la Corte.

En el mundo de las ciencias exactas, el de los ingenieros, una línea recta es el camino más corto. La manera más rápida de llegar. En política suele ser el camino al choque y el fracaso. Las curvas suelen ser mejores para esquivar bultos y peligros. Y al final del día se llega más rápido.

Las tarifas se anunciaron hace dos meses. Todavía hasta ayer las estábamos discutiendo y hubo que dar marcha atrás en varias etapas. ¿Cuánto tiempo y desgaste se perdió? Lo mismo ocurrió con el blanqueo y la reforma política. Los radicales y Elisa Carrió le imponen cambios a Macri, que no siempre son buenos, pero que sería mejor en todo caso discutirlos a puertas cerradas y luego cotejar con los otros.

Es hora de que el Presidente se convenza: no se puede gobernar con un núcleo de amigos, aunque sean muy inteligentes. Nadie duda de que están formados técnicamente y de que son brillantes. Pero las pruebas de laboratorio suelen colapsar si no se contemplan las condiciones de humedad y temperatura adecuadas para cada situación. Eso es la política. Minimizar los conflictos. Prevenir las crisis. Hacer que las cosas pasen y no se traben. La persuasión, la seducción y no el atropello, aunque sea este con buenos modales.

El país no es un tubo de ensayo aséptico y desinfectado. Muchas bacterias asechan al experimento y hay que contemplarlas. Hay que tener una política con el peronismo. Saber tratar con los radicales. Informar a los periodistas y no negarles lo evidente y menos si la salud presidencial está en juego. Hay que tratar, por sobre todo, de evitar los papelones. Hay que saber manejar los tiempos, acelerar y frenar, hablar y actuar sobre seguro. Y también incluir a los amigos y disfrutar del poder, no padecerlo. Eso es hacer política.

 

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