Aníbal Fernández: derrotado y rodeado del kirchnerismo puro

LA NACIÓN, lunes 26 de octubre de 2015

El peronismo se dividió para esperar los resultados de las urnas. El candidato a gobernador bonaerense del Frente para la Victoria, Aníbal Fernández, se refugió en el hotel Intercontinental, lejos del Luna Park y de Daniel Scioli, donde la derrota le dio la mayor sorpresa de su vida política: cayó por 39% a 34% de los votos, a manos de María Eugenia Vidal, de Cambiemos.

Fue la noche negra del kirchnerismo. Del Luna Park llegaban noticias de que el sciolismo le colgó a Aníbal Fernández el rótulo de “padre de la derrota” por haber arrastrado hacia abajo al candidato presidencial. En su búnker, el jefe de Gabinete de la presidenta Cristina Kirchner se rodeó del ultrakirchnerismo en pleno, ese que reniega del sciolismo y respaldó a Fernández luego de las denuncias que lo vincularon con el narcotráfico.

Los máximos referentes K subían de a uno al piso 19°, donde Fernández tenía su habitación. Lo hacían sonrientes, seguros de su suerte, y al bajar y salir del ascensor, no podían ocultar sus gestos adustos y caras largas por la evidente derrota.

La sensación de tragedia fue ganando a la plana mayor de La Cámpora, al plantel superior de Fútbol para Todos y a gran parte del sindicalismo kirchnerista y de los aliados y funcionarios de confianza del candidato.

Las presencias en el hotel confirmaron la división evidente entre el sciolismo y el PJ, por un lado, y Aníbal, La Cámpora y el kirchnerismo, por el otro. Desafiando el sinsabor electoral, en la puerta del hotel, sobre la calle Moreno, unos 2000 jóvenes camporistas y de Unidos y Organizados creían en un “triunfo de Aníbal por 5 puntos sobre Vidal” mientras entonaban sus estribillos habituales con bombos y redoblantes.

El aire festivo no se veía dentro del Intercontinental. Ni en el piso 19° ni en el segundo subsuelo, donde funcionarios, familiares, amigos y aliados charlaban entre un nutrido catering, con bebidas y café.

“Está todo mal aquí, hay broncas de todo tipo y nadie entiende nada; es una noche negra”, dijo a LA NACION uno de los que bajó de la habitación que ocupó Fernández.

Consultado por la causa de ese fastidio, explicó:

“Hay mucha confusión porque se perdieron bastiones fuertes: La Plata, Mar del Plata, Bahía Blanca, Tres de Febrero, ¡Quilmes!”, exclamó la fuente, al señalar el pago chico de Aníbal Fernández.

Los funcionarios más cercanos al candidato a gobernador advirtieron que Fernández no hablaría con la prensa ni daría discursos. Sólo hará hoy su evaluación, en su habitual contacto matutino con los periodistas al llegar a la Casa Rosada.

El búnker del Intercontinental fue cerrado a la prensa. Sólo accedían los funcionarios kirchneristas, familiares, amigos y aliados de Aníbal Fernández, que arribó a las 20.12 con su esposa, Silvina Zabala, secretaria de Gabinete, y subieron a su habitación. Acto seguido llegó Martin Sabbatella, su candidato a vicegobernador. Luego apareció Lucas Gancerain, el secretario de Coordinación Presupuestaria, mano derecha en el manejo administrativo del jefe del Gabinete.

Desde entonces desfilaron figuras que revelaron las alianzas de Fernández: Ricardo Echegaray, Gabriela Cerruti, Víctor Santamaría, Hugo Yasky y la plana mayor de La Cámpora: Andrés Larroque, Juan Cabandié, Eduardo De Pedro, Mariano Recalde y Cecilia Naón. Estos cerraron filas luego de las denuncias contra Aníbal por la efedrina.

Sorprendió la nutrida presencia de periodistas deportivos: Alejandro Apo, Marcelo Araujo, Tití Fernández, Julio Ricardo y el titular de Fútbol para Todos, Pablo Paladino. El “anibalismo puro”.

Del radicalismo K asistieron Leopoldo Moreau y Eduardo Santín. También llegaron ministros, como Axel Kicillof y Débora Giorgi, y viejos amigos, como Rodolfo Gabrielli, María del Carmen Alarcón y María Laura Leguizamón. Hubo sindicalistas, como Roberto Baradel, Ariel Basteiro, Omar Plaini y Carlos Quintana.

Se temió lo peor cuando por los monitores vieron que Scioli hablaba en el Luna Park, con aire derrotado y “discurso de segunda vuelta”. No volaba una mosca. No había euforia ni muestras de alegría.

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